jueves 8 de mayo de 2008

CRIATURAS DE LA NOCHE

La Nave Azul sigue su recorrido, ¡adelante, tripulantes.!..

Esta vez nos remontamos al mundo antiguo, donde hadas, ninfas y otros seres mitológicos poblaban las densas florestas, y se protegían unos a otros de su principal enemigo ¡el ser humano!

El libro CRIATURAS DE LA NOCHE de María Gabriela Ramos, acaba de ganar el Concurso de Inéditos de Monte Avila Editores. En este hermoso libro destaca un cuento que alude a esa estrecha relación de la naturaleza con las criaturas nocturnas que la protegen. Veamos uno de esos cuentos inolvidables.

CRIATURAS DE LA NOCHE
Hasta ese momento yo no sabía lo rápido que podía latir el corazón. No sabía lo que era tener miedo.
Sentía todo mi cuerpo erizado, poco a poco mis extremidades se congelaban en el más frío invierno, mis brazos arañados, mis pies sangrantes, llevaban la huella inclemente del bosque.
Sufría mucho y no me explicaba como había logrado permanecer tanto tiempo en ese lugar, donde la noche revive las criaturas humanas que descansan en el día.
Miré desesperadamente hacia el cielo y encontré que mi única compañera era la luna, siempre enigmática, solitaria, mostrando sólo la mitad de lo que es.
Ya no tenía fuerzas, no entendía porqué me perseguían, que había hecho. Los gritos, las palabras todas impregnadas de un aire sucio, agresivo, me desconcertaban.

-¡Dioses, ayúdenme!-gritaba una y otra vez tratando de no perder la fe, sin embargo sentía como poco a poco esta se iba alejando de mí.
De pronto escuché el estruendo de una escopeta y pensé
-Dios, ¿por qué a mí.? ¡Me van a matar!
Los disparos pasaban a mi alrededor como ráfagas ardientes, pero mi temor se había vuelto una coraza. Casi no me di cuenta de que estaba herido, como si me hubiese vuelto inmune al dolor. Pero nuestro cuerpo es tan sabio que al instante comencé a sentir que mi extremidad derecha no se movía tan rápido como la izquierda.
Al bajar la mirada me percaté de que un manantial de líquido rojo se deslizaba por mi pierna derecha. En ese momento me embargó un sentimiento indescriptible, ya nada tenía sentido, no podía seguir huyendo, sólo pensaba en la forma de refugiarme mientras podía escuchar a mi verdugo cada vez más cerca, vociferando con fuerza.
-¡No tienes escapatoria, estás herido!.
Agotado me detuve en una cueva que al pasar del tiempo se fue formando de las raíces de una mandrágora, al verla me deslicé a través de ella como lo hacía cuando pequeño a través de los túneles de hojas secas en tiempo de verano. Allí me detuve y abracé mis piernas meciéndome de un lado al otro.
-No permitas que me encuentren- repetía para mis adentros sin cesar- ¿por qué mi aspecto les importa tanto, por qué?, sólo quiero vivir como la madre naturaleza decidió que viviera, como un minotauro.
Pero en el fondo de mi corazón sabía que esta petición era inútil, estaba muy mal herido y escuchaba, cada vez con mayor precisión, sus pisadas como un estruendo de rayos y centellas. De pronto no lo oí más y al subir la mirada puede ver sus botas llenas de barro húmedo y pedazos de hojas.
-Todo está perdido-me dije, mientras dos lágrimas se deslizaban por mis mejillas.
De golpe todo el cielo se pintó de un tono lila oscuro y al instante algo sucedió. No sé como, pero las raíces de la mandrágora experimentaron movimientos sumamente extraños, sólo creíbles en las leyendas y rituales que contaban en la manada.
El cazador se apartó al ver que aquella planta empezaba a tomar características humanas, sus raíces se desenredaban adoptando forma de piernas , acontecimiento que despertó la furia del cazador, quien descargó su rifle sobre la mandrágora.
Asustado intenté salir de allí, pero me fui imposible. Me refugié en lo más profundo de la cueva, desesperado al escuchar al cazador y otra voz indescriptible en un tono muy áspero, que se quejaba sin parar.
La mandrágora herida, frenética y enardecida, gritaba enloquecida, pues una de sus raíces había sido alcanzada por una bala que la arrancó de la tierra. Entonces vi por una pequeña ranura de la cueva a una especie de mujer con cuerpo de raíz abalanzando sus largas manos sobre el cazador, arrastrándolo hacia ella .
-Los seres del bosque son intocables ¿Cuándo van a entender ustedes que con su actitud rompen el delicado equilibrio de la naturaleza? Actuando así nos destruyen- dijo la mandrágora.
-¡Auxilio, auxilio, ayúdenme!- gritó el cazador aterrado.
-Dile a los otros cazadores que me has visto, que es cierto que existo, que si vuelven a venir , no regresarán- dijo la mandrágora lanzándolo contra unas plantas llenas de espinas
Todo quedó en silencio.La cueva comenzó a abrirse y el cielo perdió ese color que nunca antes había visto.
Al salir de allí vi a lo lejos cómo el cazador huía. Estaba desconcertado. Yo tenía pavor de mirar las raíces que cubrían la cueva, pero algo me decía que tenía que hacerlo. Con mucho cuidado miré y casi me desmayo. Ante mis ojos aquella mujer se convertía en una maraña de raíces de la cual brotó una flor de color blanco violáceo, de hojas anchas y superficie rugosa en ese momento recordé sus poderes curativos y venenosos de los que tanto me había hablado mi abuela. Cuidadosamente me acerqué para cortarla y como si quisiera que la tomara se dejó caer sobre mi pierna herida sanándola completamente, lo cual le agradecí y le agradeceré eternamente.

lunes 21 de abril de 2008

DIA MUNDIAL DE LA TIERRA: SALVEMOS EL AVILA

FUEGO!!!

DIA MUNDIAL DE LA NAVE AZUL
La Nave Azul continúa vagando por el cosmos, aterrada por las consecuencias del calentamiento global. Pero el 22 de abril es su día.
¿Y saben como podríamos celebrarlo nosotros, los venezolanos?
Contribuyendo a salvar y a preservar nuestro cerro guardián, el viejo Avila, pulmón vegetal de Caracas y sueño de poetas y pintores.
¡Sí el Avila se quema, corren los venados, las lapas y los pájaros no encuentran sus nidos!
El primero que soñó con el Avila e hizo de él su refugio fue Guacaipuro, aguerrido líder del pueblo TEQUE. Ellos llamaban al Avila GUARAIRA REPANO, algo así como "la ola de piedra".
Después llegaron los extranjeros y un tal Gabriel de Avila, español, estableció allí una buena finca, dándole su nombre a la montaña.
El poeta Juan Antonio Pérez Bonalde se enamoró del Avila y lo compara con un poderoso rey:
Caracas allí está, vedla tendida
en las faldas del Avila empinado.
Odalisca rendida
a los pies del Sultán enamorado.
Y luego Manuel Cabré tuvo largos amores con esa montaña mágica, que le sirvió de modelo, en diferentes posiciones.
Pero últimamente descuidamos nuestro cerro, graves incendios amenazan con deforestarlo en grandes zonas.

Nunca se previó abrir cortafuegos en la montaña, o construir un sistema de riego eficaz, para en caso de incendio, las mismas quebradas y arroyos del Avila, Caroata, Catuche, sirvan para apagar el fuego.
Cuidemos el Avila, no encendamos fuego en él, no dejemos basura sobre sus plantas.
¡Organiza con tu clase y tu escuela un plan de protección para el AVILA!

sábado 12 de abril de 2008

UN HUERTO EN LA NAVE AZUL

Recuerden que ustedes son los encargados del mantenimiento de esta NAVE AZUL, donde viajamos todos. Claro, nosotros los adultos también, pero los niños, bueno, son los que nos impulsan y nos inspiran a cuidar esta nave.

Hoy les traemos otro de los cuentos de La Nave Azul. Esta vez se trata de un relato de ARMANDO JOSÉ SEQUERA, a quien ya ustedes conocen por su maravilloso libro TERESA. Es un narrador venezolano con muchos libros en su haber y muchas ganas de seguir contando cosas para los niños.

EL HUERTO

I

El domingo pasado, a media mañana, Lourdes, mi esposa, se plantó entre el televisor y el sofá donde yo estaba acostado, viendo un partido de fútbol en la televisión.
-¡Claudio -dijo-, hoy no te acepto ninguna excusa! ¡Necesito que ahora mismo vayas al patio y me prepares el huerto que te he pedido todos estos meses!
En verdad, era la enésima vez que Lourdes me pedía que cavara en el patio de la casa un espacio de unos veinte metros cuadrados para convertirlo en huerto.
-¿No puede ser un poco más tarde? -pregunté, a sabiendas de que no tenía escapatoria. En ese momento, al comienzo del partido, su petición me había caído peor que un gol en contra.
-No. Ya no espero más -dijo-. Quiero sembrar yo misma las zanahorias, los tomates, el cilantro, la yerbabuena y los pimentones que me como y tres o cuatro tipos de flores.
-¿Flores? -pregunté.
-Sí, flores: también quiero llenar el patio de colores -contestó. Luego dijo, mientras me mostraba varios sobres como los de las bebidas azucaradas-. Aquí tengo las semillas.
Mientras yo me incorporaba del sofá, Lourdes fue hasta nuestra habitación. Salió de ella al cabo de unos minutos. Yo todavía me estaba incorporando.
-Voy a visitar a mamá. Regreso a la hora de almuerzo. Espero que, al volver, el huerto ya esté listo.
-Sí, mi amor -le dije, poniéndome al fin de pie, sin dejar de mirar hacia el televisor-. Cuenta con él.
Caminando de espaldas para ver del juego lo más que pudiera, fui hasta el armario donde guardo mis herramientas y saqué un pico y una pala.
Justo cuando me disponía a ir al patio, arrastrando los pasos, como si allí me esperara un dragón para asarme con su fuego, mi equipo hizo un gol. El grito largo del locutor, cantándolo, me hizo volver al televisor. Entonces, vi a Ernesto, mi hijo mayor, que salía de la cocina.
Me acordé que la noche anterior me reveló que quería empezar a ganar su propio dinero.
-Se me han ocurrido varias ideas para ganar dinero -dijo-: una de ellas es que, como hay personas que publican avisos en los periódicos vendiendo neveras, camas y cosas así y otras que los publican solicitando esas mismas cosas, yo puedo ganar dinero poniéndolas en contacto. ¿Qué te parece?
Le contesté que me parecía muy bien, pero en realidad no puse mucha atención a lo que me decía. Para ser sinceros, acababa de cenar y con el cansancio que había traído del trabajo, tenía la mente funcionando con piloto automático.
Pero ahora, con el pico y la pala en las manos, me acordé de su disposición de ganar dinero y pensé: “Claudio, el huerto puede hacerse, sin necesidad de que tú te pierdas tu partido de fútbol: si le ofrezco a Ernesto cinco mil bolívares, él la cavará”.
-Cinco mil bolívares por ese trabajo es muy poco -respondió a mi proposición-, demasiado poco. La tierra del patio es muy dura. Pero lo hago si me das diez mil.
Acepté sin regateos. A decir verdad, no quería perderme el resto del juego. Y menos ahora que mi equipo iba ganando.

II

Al mediodía, cuando me disponía a almorzar, escuché una algarabía en el patio de la casa.
Rápidamente, me asomé a la ventana de la cocina y vi a unos veinte muchachos, de entre diez y doce años, cavando el terreno para el huerto.
Asombrado por la cantidad de ayudantes que Ernesto había conseguido, lo busqué con la mirada en el grupo pero no lo hallé.
En su lugar, quien daba órdenes y alentaba a los excavadores era Daniel, mi otro hijo.
Lo llamé. Cuando Daniel llegó a mi lado, quise saber por qué él y no Ernesto dirigía la excavación.
-Tú le diste diez mil bolívares a Ernesto, ¿cierto? -preguntó a su vez-. ¿O le diste más?
-Sí -contesté-, le di diez mil.
-Hicimos un negocio -dijo Daniel-. Él me ofreció seis mil si yo lo hacía o, mejor dicho, si encontraba quien lo hiciera por mí.
-¿Y los hallaste a ellos?
-Sí.
-¿Y cómo piensas pagarle a todos?
-No tengo que pagarle a todos. Sólo a uno, al ganador.
-¿Al ganador? -pregunté, asombrado.
Supe entonces que Daniel, aprovechando que es el más popular de su colegio, convenció a veinte de sus amigos para que participaran en un concurso: el que terminara primero de cavar uno de los veinte lotes en que él dividió el terreno, ganaba dos mil bolívares.
-Eso me deja cuatro mil a mí y cuatro mil a Ernesto. Es buen negocio, ¿no te parece?
Antes de que le preguntara, dijo:
-Fue idea suya.
Mientras lo miraba, admirado, sin saber qué decirle, los concursantes gritaron que habían terminado la excavación.
En ese momento, sonó el teléfono. Era Eva, la tía de Lourdes que vive al otro lado del país. Preguntó por ella.
Le dije que no estaba pero que llegaría pronto.
-¿Y cómo estás tú? ¿Cómo están los muchachos? -preguntó tía Eva. Después quiso saber también cómo estaban nuestras mascotas: el gato Farinelly y el loro Bertrand Russell II.
Apenas colgué, llegó Lourdes. Desde la entrada me preguntó por su huerto.
-¡Ven a verlo! -le dije.
-¡No puede ser: lo hiciste!
Me abrazó. Me besó repetidas veces. De inmediato, fue en busca de sus semillas.
No supe quién ganó el concurso organizado por Daniel. Mientras hablaba por teléfono, él y sus amigos se marcharon. Pero, viendo la sonrisa de Lourdes, creo que ganamos todos. Un huerto es muy fácil de hacer. Tal vez podrías reunirte con tus amigos y proponerle ese proyecto a la maestra. Lo primero es buscar un rincón propiado en el patio, donde haya tierra y el sol se pasee por allí todos los días. Entonces hay que preparar el terreno, removerlo, abonarlo. En esta parte es conveniente buscar asesoría. Después que hayamos removido la tierra y la hayamos abonado, es conveniente plantar las semillas. Puedes empezar por semillas de maíz, que crece pronto, también de caraotas, o cualquier otro vegetal. Sin olvidar las flores, para qu vengan las mriposas y los pájaros y alegren todo con sus colores. ¡Ya verás que alegría cuando tu huerto comience a dar sus frutos!

miércoles 2 de abril de 2008

La Nave Azul sigue su recorrido, adelante, tripulantes...

Hoy visitaremos el bello país nórdico de Dinamarca, donde nació Hans Christian Andersen, el padre de la literatura infantil. El nació en Odense, una pequeña población, y se dedicó a escribir vellos cuentos para niños y nosotros iremos hoy al mar de Dinamarca, a buscar a uno de sus personajes más famosos. Hace burbujas en el agua, tiene cola...¿Se imaginan quien es? Sí
LA SIRENITA (Tomado del blog de Luis López Nieves)
En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.
-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!
-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.
-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.
-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.
Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.
-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...
La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.
-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.
La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
-¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.
-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!
¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.
-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.
-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?
Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.
-Te llevaré al castillo y te curaré.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:
-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.
-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.
Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.
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sábado 15 de marzo de 2008

TERESA EN EL CORAZÓN

La Nave Azul sigue su recorrido,
¡Adelante, tripulantes!...

Esta vez se ha detenido en Valencia,

donde vive un extraordinario escritor
venezolano: Armando Sequera.

¡Sí , el autor de TERESA!
Este libro, publicado por la Editorial Alfaguara ha tenido una asombrosa aceptación entre los lectores infantiles y juveniles del país, al punto de que ya pasa de 50.000 ejemplares vendidos y tiene cuatro años como el libro para niños más vendido de Venezuela y cuatro años también ocupando el segundo lugar en ventas de obras para niños y jóvenes, siempre detrás de la saga de Harry Potter.
En la mayoría de las visitas que Armando realiza a colegios, algún niño o niña pregunta cuál es el cuento que más le gusta de Teresa y él responde que es el que se titula “Una cosa inexplicable en el corazón”.
Fue el primer cuento que Armando escribió del personaje Teresa y tuvo su origen en una anécdota vivida con su hija Mariana, cuando ella tenía cuatro años.
Ocurrió el episodio narrado en el cuento, obviamente, con el autor y no con Rubén, el narrador creado para el libro.
Este cuento, uno de los más queridos de Armando entre toda su producción, ¡lo tenemos hoy! Sí, nos lo hizo llegar para que lo disfruten todos los tripulantes de La Nave Azul.¿Quieres leerlo?
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UNA COSA INEXPLICABLE EN EL CORAZÓN

Armando José Sequera

Mis amigos y mis amigas
me preguntan por qué escribo
sobre mi hermana y por qué
la quiero tanto, si algunos de ellos
desean o no tener hermanos
o tenerlos bien lejos.
Siempre les respondo
que no lo sé con exactitud, pero me acuerdo de tantas cosas bonitas que ella ha hecho o dicho y creo que es imposible no quererla.
Carlos, que siempre está callado y se molesta cuando mamá lo abraza o le da un beso, deja que Teresa lo despierte saltando en su cama o que le desordene el cabello o que se trepe sobre él cuando está viendo televisión. Luis se derrite cuando ella lo llama “mi hermanito” o le da las aceitunas de su ensalada, que a ella le disgustan y a él le encantan.
A mí... No sé cómo explicarlo. Me encantan sus besos con los labios fríos por el helado que se acaba de comer o pegajosos de caramelo. Me gusta que se coloque detrás de mí o detrás de papá cuando algo la asusta y sobre todo me gustan esas muchas veces en que ha entrado a mi cuarto y, sin decir una palabra, me ha abrazado, me ha dado un beso y se ha ido a jugar, a estudiar o a ver televisión.
O cosas que hace, como la del mes pasado, cuando a eso de las cuatro de la mañana, amaneciendo para mi cumpleaños, me despertó, llamándome desde la puerta de mi cuarto:
-¡Rubén! ¡Rubén!
-¡Ah! -abrí los ojos, sobresaltado, y encendí la luz de mi mesa de noche.
Entonces se acercó a mi cama y se sentó junto a la cabecera.
-¿Tuviste una pesadilla? -le pregunté.
-No.
-¿Tienes sed?
-Tampoco.
-¿Qué te pasa?
-Es que te compré este regalo -y me dio una cajita envuelta en papel de regalo brillante que supe de inmediato que era un disco-, y no aguantaba las ganas de dártelo.
El disco venía acompañado con una tarjeta que hizo ella misma, retratándome con un lazo rojo en la cabeza. Mientras veía la tarjeta, me abrazó con sus brazos pequeñitos, como de juguete, y pegó su mejilla izquierda de la mía derecha.
-Te quiero mucho -me dijo. Y aunque siempre me he burlado de las cosas cursis, esa no me lo pareció, ni me lo parece contar que no pude contestarle, porque las palabras se me torcieron en la garganta y me dieron ganas de reírme y de llorar al mismo tiempo.
Después me besó otra vez en la mejilla derecha y regresó a su cuarto, corriendo de puntillas para no hacer ruido.
No pude seguir durmiendo, ni pude escribir y contar esto.
Eso sí, me pasé todo ese día con una cosa en el corazón que sólo se puede explicar abriendo bien los ojos y haciendo que la sonrisa te ocupe la mayor parte de la cara.




¿QUIERES SABER MAS DE ARMANDO?

El ratoncito de la biblioteca nos cuenta que Armando José Sequera es un escritor, educador, periodista y productor audiovisual venezolano. Nació en Caracas, el 8 de marzo de 1953. Es autor de 48 libros, la mayoría de ellos para niños y jóvenes. Ha obtenido 16 premios literarios, tres de ellos internacionales: Premio Casa de las Américas (1979), Diploma de Honor IBBY (1995) y Bienal Latinoamericana Canta Pirulero (2001). Es autor, entre otros títulos, de Evitarle malos pasos a la gente (1982), Teresa (2001) y Mi mamá es más bonita que la tuya (2005). En 2006 fue nominado al Premio Astrid Lindgren por el Banco del Libro.

Si te gusta este marcalibros, imprime la página, recórtalo y pégalo en cartulina. Te servirá para saber por cuál página de TERESA ibas cuando tuviste que ir a hacer la tarea.

sábado 1 de marzo de 2008

TORTUGAS MARINAS DE FALCON: CRIMEN ECOLÓGICO

La Nave Azul sigue su recorrido
¡Adelante, tripulantes!

Vayamos hasta las costas de Falcón, donde acaba de ocurrir un desastre ecológico.
Las tortugas marinas de Falcón han perdido una batalla, en su larga guerra por sobrevivir. Desovaban todos los años en uno de los famosos Cayos de Morrocoy. Punta Borracha, si no me equivoco. Pero este Carnaval, los lancheros, preparando el terreno para ganarse unas cuantas monedas con los temporadistas, "limpiaron" la playa de ese Cayo.

¡Qué crimen, amigos! Al "limpiarla", revolvieron la arena, arrasando con miles de huevos de tortugas.

Llora el mar de Falcón, embravecido, lloran las tortugas, llora la tierra, y definitivamente, llora el universo entero, por la destrucción sistemática del planeta Tierra.

¡DEFIENDE NUESTRAS TORTUGAS MARINAS, DENUNCIA ESTE TIPO DE CRÍMENES!

Y AHORA....¿QUIERES CONOCER EL CUENTO DE UNA TORTUGA AVENTURERA?

CONCHITA, LA TORTUGA.

A Armando Sequera, Elibey Sequera y al inolvidable"Sin Colita"

Al enterrar aquel huevo en la arena, la gran tortuga marina le dio el nombre de Concepción, ¡le había costado mucho poner huevos, había estado tan enferma! Pero desde que nació la tortuguita, sus amigas la llamaron Conchita.

Después de salir del huevo, se arrastró por la arena húmeda y al fin llegó al mar. ¡Qué sensación tan fresca y tan azul! Se escondió entre las algas y se dejó llevar suavemente por el agua, como hacen todas las tortugas marinas para sobrevivir esos primeros meses, en que son demasiado pequeñas. Se mecía sonriente y tranquila, soñando con tener aventuras emocionantes con sirenas y caballos marinos, cuando de pronto una ola la arrojó contra algo blanco y duro ¡plaf!

No,

no era

un coral,

ni un arrecife. Tampoco se la había tragado un tiburón.

Conchita había sido atrapada por Armando, un niño muy inquieto que se estaba bañando en la playa.

-¡Mamá!-gritó feliz, llevando un vaso de plástico en la mano-¡Mira lo que atrapé!

De nada valió que la mamá le explicara que las tortugas marinas son animales de alta mar, que podrían morir si se las captura.

-¡Será mi nueva mascota!

Lo que pasaba es que el gato de Armando se había escapado, enamorado de una gata y no habí vuelto más. Y eso lo tenía muy molesto. Así es uno cuando tiene siete años.

Vino el papá y le dijo que debía soltar inmediatamente a la pequeña tortuga. Armando respondió alejándose rápidamente de ellos, para que no lo obligaran a hacerlo.

Se sentó en una piedra grande y se puso a contemplar su trofeo. Hasta allá se acercó el tío Ramón y le pidió que por favor la liberara.

-Ya dije que no.-insistió Armando tercamente.

-Cuando la escuches hablar, lo harás.-advirtió el tío, y se fue a tomar un delicioso coco frío.

Armando se sorprendió un poco. con las palabras del tío Ramón ¿acaso las tortugas hablan? Después miró a la tortuguita. Con mucha delicadeza pasó su dedo sobre el verde caparazón.

Conchita lo miró con sus ojos pequeñitos y le contó lo difícil que fue romper el cascarón. Cuando al fin lo logró, se abrió paso en la arena con miles de hermanitas y amigas, tuvieron que correr una enorme distancia hacia el agua, pero las atacaron enormes pájaros marinos, que se las comían apenas salían. De dos mil que nacieron menos de quinientas llegaron al agua. Conchita fue una de las pocas que logró sobrevivir. Y esperaba crecer, y cuando fuese grande, poder llegar a aquella misma playa para enterrar sus huevos en la arena. ¡Como todas las tortugas marinas!

Armando fue hacia la playa. Se sumergió hasta donde el agua le daba por el cuello y allí liberó a Conchita, después de darle un beso en la pequeña cabecita verdiazul.Y al rato estaba tomándose un coco frío con el tío Ramón.

En lo profundo del mar, Conchita le contaba a una amiga su extraña aventura con un niño que entendía el lenguaje de las tortugas.

¿QUIERES SABER MAS DE LAS TORTUGAS MARINAS?
Ellas existen hace más de 150 millones de años y pertenecen a la familia de los quelonios. Son tan fuertes, que pudieron sobrevivir a todos los cambios del planeta. Existen ocho especies de tortugas marinas, agrupadas en dos familias, las Dermochelyidae y las de Cheloniidae y viven en mares templados o cálidos. Muchas de ellas en nuestros mares.
Las primeras 48 horas de vida de las tortugas marinas son las más importantes. Salen de su cascarón y deben viajar desde la playa hasta el mar por sus propios medios, sin ayuda de nadie. Esto significa escapar de los depredadores, casi siempre gaviotas, y además, tener conseguir su propio alimento.
Ya en mar abierto, las tortugas marinas tienen que hacer frente a las fuertes corrientes. Por esta razón, su visión es limitada.Una habilidad característica de las tortugas marinas es la de migrar y después ser capaces de regresar a la misma playa para anidar. Esto ha sido objeto de múltiples estudios, llegando a la conclusión de que las tortugas pueden detectar los campos magnéticos de la tierra para determinar latitud y longitud y así poder navegar y situarse, aunque esto está todavía por confirmar.Las tortugas marinas alcanzan la madurez sexual alrededor de los 7-8 años. (Tomado de ANIPEDIA.NET)










martes 5 de febrero de 2008

GONKO EN LA NAVE AZUL


Tripulantes de la Nave Azul. ¿Como estuvo ese Carnaval?
¡Muchas playas, mucha diversión!

¿Cuidaron el ambiente? ¿Recogieron la basura antes de salir?
Seguro que sí.

Hoy les traemos un cuento sobre un animal.
Se trata de un animal fabuloso que vivía en una laguna

Su nombre es Gonko, y les presentamos a su autora, ¡una de las pocas personas que lo ha logrado ver!



GONKO
Y
LA CASA
HINDU
Gonko se queja algunas mañanas al despertar. El peso que lleva en su espalda es de dos kilos aproximadamente.
Los cocodrilos y todos los peces de esas aguas le observan y sonríen. Cuando cambia de actitud y se olvida de su caparazón, expresa su buen humor, e insistentemente pronuncia:
- ¡Gruú, gruú…!
Esa es su manera de mostrar que esta contento.
A Juansote le gusta ir todas las tardes al río, se queda horas observando los movimientos de los animales. Descifra sus lenguajes, sobre todo el de Gonko, le parece extraño e interesante.

- ¡Que increíble es Gonko Mamá!, apunta Juansote , -es diferente a los otros, tiene bigotes como un gato, patas de gallina, sólo que en vez de dos tiene cinco, tres delantera y dos traseras, una gran concha como de tortuga o morrocoy, pero volteada y de color violeta. Su cabeza es parecida a la de una foca. En el inmenso plato hondo de su espalda, se montan los peces pequeños, creo lo ven como su salvador. Cuando se cansa, alza sus tres patas delanteras, los baja, luego sale del pozo y camina por la arena-.
- Nunca lo he visto, ¿será que sólo tú puedes verlo?-, dice su madre.
- No lo sé mamá porque mis dos amiguitos también lo ven, pero le lanzan sus anzuelos y él estira su concha e introduce su cabeza y se convierte en una bola. – Creo que sabe que son armas para atraparlo, por eso se protege-.
El otro día Juansote se dirigió al río con su madre y no lograron verlo, esperaron un buen rato hasta que éste apareciera y no lo hizo. Su madre se fue y Juansote se quedó, sabía que de un momento a otro aparecería y así fue. Estaba arriba de un árbol.
El niño comprendió que él no quería ser visto por otra persona, como no bajó del árbol, se marchó a su casa.
Esa noche hubo una tormenta espantosa, soplaba el viento y la lluvia azotaba las ramas. Juansote no pudo dormir, pensaba en Gonko, quería ir a rescatarlo, pero era peligroso. Lloró mucho. El siguiente día antes de irse al colegio se dirigió al río. El gran pozo estaba muy sucio, todo desbordado. Desesperado lo buscó alrededor y no lo encontró. Muy triste se marchó a su hogar. De repente, a la orilla del camino lo miró y le dijo:
- ¡Qué alegría, estás vivo!-
Gonko lo condujo hasta un árbol y empezó a escarbar sus raíces. Extrajo de allí unos anzuelos. Juansote muy sorprendido no lo podía creer, los tomó en sus manos. El animal lo miró, de sus ojos salieron muchas lágrimas y se alejó hacia el río. Al niño le surgió una idea. Recordó un cuento maravilloso que su madre le narrara cuando era más pequeño, hablaba de una casa hindú y un árbol frondoso, por lo que aceleró el paso hasta su hogar. Allí, tomó su arcilla, la amasó con un poco de agua, formó unas bolitas e introdujo en cada una de ellas un anzuelo, esperó a que secaran, les puso color y las colgó en una rama seca.
Tomó un pedazo de cartón grueso, colocó allí la casita que una vez realizara con paletas de helado, al lado sitúo la rama con las bolitas. Dibujó a su animal preferido en una cartulina morada, lo recortó y colocó apoyado en ese pequeño árbol. Llamó a su obra: “Gonko y la Casa Hindú”
Gladys Urbina M.
Con esa sonrisa tan dulce, Gladys Urbina recuerda a las seductoras ondinas de los ríos de su niñez, de los que escribe en ocasiones. también tiene un río por dentro, un río de ternura y de fantasía que se desborda a veces y sale en cuentos y canciones. Ella es poeta y narradora. Pero además es cuenta-cuentos y cantautora de música infantil. Se ha presentado con éxito en diversaos eventos de nuestro país y asiste en la actualidad a varios talleres literarios.