La Nave Azul sigue su recorrido, ¡adelante, tripulantes.!..Hasta ese momento yo no sabía lo rápido que podía latir el corazón. No sabía lo que era tener miedo.
Sentía todo mi cuerpo erizado, poco a poco mis extremidades se congelaban en el más frío invierno, mis brazos arañados, mis pies sangrantes, llevaban la huella inclemente del bosque.
Sufría mucho y no me explicaba como había logrado permanecer tanto tiempo en ese lugar, donde la noche revive las criaturas humanas que descansan en el día.
Miré desesperadamente hacia el cielo y encontré que mi única compañera era la luna, siempre enigmática, solitaria, mostrando sólo la mitad de lo que es.
Ya no tenía fuerzas, no entendía porqué me perseguían, que había hecho. Los gritos, las palabras todas impregnadas de un aire sucio, agresivo, me desconcertaban.
-¡Dioses, ayúdenme!-gritaba una y otra vez tratando de no perder la fe, sin embargo sentía como poco a poco esta se iba alejando de mí.
De pronto escuché el estruendo de una escopeta y pensé
-Dios, ¿por qué a mí.? ¡Me van a matar!
Los disparos pasaban a mi alrededor como ráfagas ardientes, pero mi temor se había vuelto una coraza. Casi no me di cuenta de que estaba herido, como si me hubiese vuelto inmune al dolor. Pero nuestro cuerpo es tan sabio que al instante comencé a sentir que mi extremidad derecha no se movía tan rápido como la izquierda.
-¡No tienes escapatoria, estás herido!.
Agotado me detuve en una cueva que al pasar del tiempo se fue formando de las raíces de una mandrágora, al verla me deslicé a través de ella como lo hacía cuando pequeño a través de los túneles de hojas secas en tiempo de verano. Allí me detuve y abracé mis piernas meciéndome de un lado al otro.
-No permitas que me encuentren- repetía para mis adentros sin cesar- ¿por qué mi aspecto les importa tanto, por qué?, sólo quiero vivir como la madre naturaleza decidió que viviera, como un minotauro.
Pero en el fondo de mi corazón sabía que esta petición era inútil, estaba muy mal herido y escuchaba, cada vez con mayor precisión, sus pisadas como un estruendo de rayos y centellas. De pronto no lo oí más y al subir la mirada puede ver sus botas llenas de barro húmedo y pedazos de hojas.
-Todo está perdido-me dije, mientras dos lágrimas se deslizaban por mis mejillas.
De golpe todo el cielo se pintó de un tono lila oscuro y al instante algo sucedió. No sé como, pero las raíces de la mandrágora experimentaron movimientos sumamente extraños, sólo creíbles en las leyendas y rituales que contaban en la manada.
El cazador se apartó al ver que aquella planta empezaba a tomar características humanas, sus raíces se desenredaban adoptando forma de piernas , acontecimiento que despertó la furia del cazador, quien descargó su rifle sobre la mandrágora.
Asustado intenté salir de allí, pero me fui imposible. Me refugié en lo más profundo de la cueva, desesperado al escuchar al cazador y otra voz indescriptible en un tono muy áspero, que se quejaba sin parar.
La mandrágora herida, frenética y enardecida, gritaba enloquecida, pues una de sus raíces había sido alcanzada por una bala que la arrancó de la tierra. Entonces vi por una pequeña ranura de la cueva a una especie de mujer con cuerpo de raíz abalanzando sus largas manos sobre el cazador, arrastrándolo hacia ella .
-Los seres del bosque son intocables ¿Cuándo van a entender ustedes que con su actitud rompen el delicado equilibrio de la naturaleza? Actuando así nos destruyen- dijo la mandrágora.
-¡Auxilio, auxilio, ayúdenme!- gritó el cazador aterrado.
-Dile a los otros cazadores que me has visto, que es cierto que existo, que si vuelven a venir , no regresarán- dijo la mandrágora lanzándolo contra unas plantas llenas de espinas
Todo quedó en silencio.La cueva comenzó a abrirse y el cielo perdió ese color que nunca antes había visto.
Al salir de allí vi a lo lejos cómo el cazador huía. Estaba desconcertado. Yo tenía pavor de mirar las raíces que cubrían la cueva, pero algo me decía que tenía que hacerlo. Con mucho cuidado miré y casi me desmayo. Ante mis ojos aquella mujer se convertía en una maraña de raíces de la cual brotó una flor de color blanco violáceo, de hojas anchas y superficie rugosa en ese momento recordé sus poderes curativos y venenosos de los que tanto me había hablado mi abuela. Cuidadosamente me acerqué para cortarla y como si quisiera que la tomara se dejó caer sobre mi pierna herida sanándola completamente, lo cual le agradecí y le agradeceré eternamente.








Un huerto es muy fácil de hacer. Tal vez podrías reunirte con tus amigos y proponerle ese proyecto a la maestra. Lo primero es buscar un rincón propiado en el patio, donde haya tierra y el sol se pasee por allí todos los días. Entonces hay que preparar el terreno, removerlo, abonarlo. En esta parte es conveniente buscar asesoría. Después que hayamos removido la tierra y la hayamos abonado, es conveniente plantar las semillas. Puedes empezar por semillas de maíz, que crece pronto, también de caraotas, o cualquier otro vegetal. Sin olvidar las flores, para qu vengan las mriposas y los pájaros y alegren todo con sus colores. ¡Ya verás que alegría cuando tu huerto comience a dar sus frutos!
En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.













Desesperado lo buscó alrededor y no lo encontró. Muy triste se marchó a su hogar. De repente, a la orilla del camino lo miró y le dijo: